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"Rutas y encuentros en territorios del Viento Sur", por María Teresa Aedo.

Actualizado: ene 16

Anoto al inicio un contacto vacilante, una cierta tensión expectante en la tarea de elaborar una propuesta de lectura de la poesía congregada en Viento Sur. Le sigue un sentimiento de gratitud cuando me adentro en el texto y siento desplegada ante mí una invitación a sumarme a la ronda, a integrarme a este conjunto de voces e imágenes que convocan palabras y vivencias, que entrelazan las experiencias de la palabra y la transmutación de la experiencia por las palabras.

“Poesía en territorios compartidos”, explicita el subtítulo y concurren inmediatamente las evidencias: yo también soy del sur y también vivo lidiando con los signos; ambos, vientos del sur y textos, me han atravesado y abrazado en más de una perturbada o gozosa ocasión. Más que leer desde fuera y desde la marca distante de la erudición, a lo que me convoca esta poesía es a hablar desde ese lugar compartido y desde la conjunción de espacios y tiempos en la danza de los vientos y en el entrecruce de saberes. Cómo no agradecer el convite a leer y escribir de esta manera.

Noelia, Alejandra, Damsi, Camila, Nelly, María Teresa y Cecilia son siete voces y siete vidas en tránsito que hablan trazando un círculo ritual en el que sus visiones y sensaciones resisten obstinadamente el sello de la escritura.

Una primera impresión al incorporarme a esta ronda es la profusión de significaciones emergidas de la cuidada articulación entre letra y fotografía. Llamado por tanto no sólo a la grafía sino también a la imagen visual, para ofrecer el texto como un amplio espacio semiótico y semántico, que a partir de la articulación de estos códigos distintos confluyen en una particular expansión de dimensiones visuales. Letra e imagen visual confluyen y reclaman la capacidad cognitiva de desciframiento no sólo de lo escrito, sino también de las formas y de los colores, de las líneas y de las perspectivas. Leer lo que se dice y lo que se ve en una destreza que es y no es la misma en términos de comprensión. La primera señal del libro es, entonces, esta puesta en práctica de una doble codificación que se evidencia como una dualidad imprescindible e irrenunciable, que se desdobla a su vez en una multiplicidad sin término. Comprensión y sensación como inseparables en la experiencia de vida y de saber, en la experiencia que son la misma vida y el saber, sentir y pensar, mirar y vibrar, callar y decir, amar y renunciar.

Paisajes, objetos, cuerpos, sombras, texturas, relieves …. remiten a una danza en que los cuatro elementos configuran espirales de imágenes en apelación a todos los sentidos. Sensorial y kinestésica la percepción del movimiento y del equilibrio provisorio de los cuerpos y los signos, atraen las dimensiones del espacio y del tiempo, los campos de los visible y los estratos de la memoria que superponen confusamente pasado y presente.

Así se sugiere ya desde la apertura del poemario. Mientras se funden las materias en barro o vapor y las especies en escama, piel y pluma (32), se deslizan las palabras de los poemas de Noelia, quebrándose, oscilando en la página y entre las raíces de la fotografía que se hunden en la tierra a la vez que se alzan desde ella. Del mismo modo, quien lee percibe el propio movimiento de sus ojos, de sus manos, la posición de su cuerpo ante el libro, sumergiéndose y aflorando de entre los signos desde su vivencia en el tiempo y en el espacio, en un desplazamiento que en sí mismo es un significado, un sentido profundo de la experiencia poética como experiencia de escritura y lectura, como experiencia encarnada de vida.

Visibilidad, espejos, transparencias y opacidades se crean también en el lenguaje, en la imagen poética. “La noche abre un ojo que todo lo ve/ Antes de ser crueldad y polvo/ Hemos habitado el sonido.” (Camila Varas, 113) Y de alguna manera misteriosa e inexplicable, buscan hacer visible el movimiento conjura el silencio, transparenta el sonido. “No se trata de llorar ni maldecir/ el cielo es un espejo congelado/ en la luz de la mañana/. No se trata de romperse la frente contra el muro/ y dejar chorreando la piedra azul del alma.” (Cecilia Rubio, 167)

Es una cuestión de conocimiento, de otra forma de pensar y de imaginar. Remontarse a otro origen posible del saber: “Antes de Ovidio y su caos, había un nido de culebras.// Los dinosaurios eran árboles con patas y lenguaje.// Las momias eran personas que vivieron cientos de años.// Antes de Newton, las mujeres volaban.” (Noelia Figueroa, 52) Otro cauce para el pensamiento, distinto al de Heráclito aún para el pensamiento en fuga, “Porque en igual afluente/ levitan los exocétidos o peces voladores/ que desafían el orden equívoco del mundo” (María Teresa Torres, 156). La desafiante opción por la incertidumbre y por no querer aferrarse a las certezas ni a los hábitos de creer que coinciden nombrar y conocer: “¿Cómo me conoces a partir de ahora?/ ¿Cómo conocí yo tu gesto, yo que nací sin lengua,/ sin sentido,/ sin un cántaro para colmar de sentido,/ ni gesto/ para derramar el cántaro lleno?” (Damsi Figueroa, 86)

Una nueva lógica o manera de establecer conexiones que otorga su sentido a la escritura como comunicación de una sabiduría o, mejor, clarividencia, decantada mediante las experiencias de transposiciones de órdenes y demarcaciones. Que atraviesa sobre todo los límites de lo humano. En la poesía “Animal” de María Teresa Torres en que se figura una subjetividad con-fundida con los destinos de las especies en extinción “Y aunque mi pellejo no interese // por el animal sin nombre que fui// caeré presa de esta cacería” (143) o recupere de estas otras eco-lógicas vitales formas de relación: “Mi habitación es la reserva/ y mi cuerpo es una variedad de pino/ por la cual revolotean esa clase de lepidópteros/ antes de sumergirse en el sueño que busca el equilibrio.” (María Teresa Torres, 154)

Subjetividades intersticiales, voces hablando desde algún cruce de materias en transformación “… la muerte no perturba las fauces de mi roca animal/ De ella nació la música/ Dentro de mí no cabe nada/ No me verás, me dijo/ Porque vivo aquí dentro de esta piedra/ Mi voz no ha sido oída/ No ha salido nunca de esta cápsula de sal.” (Damsi Figueroa, 85)

La memoria es otra configuración de palabras e imágenes, los lazos ancestrales, la infancia, los vínculos originarios, el nacimiento y la muerte se invocan de diferentes maneras en varios poemas. Sin atenuar la dimensión política del decir y revelar las genealogías – personales y colectivas, étnicas y simbólicas -, el sentido no radica en descubrir y nombrar una identidad, sino más bien en la participación corporal, visceral, en un desplazamiento y en una historia. “… ciento treinta años deambulando sin memoria en estas tierra malheridas no son nada/ No soy yo.” (Damsi Figueroa, 82)

Es también un juego de identificaciones diversas que elude la confesión. Como en un juego de reconocimientos mutuos se evoca a Virginia, Silvia, Anne para asumir no a la víctima sino a la agente que se escribe a sí misma y niega la fijeza de las estereotipaciones: “Me hice a solas, en este mismo cuarto, con pedacitos de palabras que pegaba en mi memoria. Mi memoria es un ático, la memoria de mi memoria está intacta, por eso soy la equivocada, la que no soy; la plagiable.” (Alejandra Ziebrecht, 64). El desdoblamiento y las ficciones de identidades que no se desea convertir en objeto o encerrar en un nombre y menos en una autoría: “…. me llaman por otro nombre, me pulsean, me aceptan un libro en la editorial, me busco en las librerías, me encuentro, me compro, me llevo, me consumo, me desaparezco, me hundo, me harto de ser, me niego.” (Alejandra Ziebrecht, 74)

Genealogías poéticas que recogen intertextos de plurales proveniencias y largos procesos de recepción – mitos, cuentos infantiles, Neruda, Huidobro, Pizarnik, Ferré, Castellanos, Cortázar y muchos, muchos otros y otras – que van a incorporarse a las espirales de una escritura situada, localizada, aunque no sencillamente asimilada a una tradición. Memorias y genealogías que pasan por el cuerpo, la respiración y las arterias. Por el caminar en un sendero que conduce a un límite que es un punto de cruce o de partida. “Sucede que voy hacia el sonido/ A estar intacta en el movimiento de la muerte/ Finalmente me desprendo del signo/ y me poso ascendida sobre la ironía de la materia/ Finalmente me canso de esta presencia/ Y dejo este cuerpo a cambio de la luz.” (Camila Varas, 103)

La travesía de los límites entre las dimensiones de lo sensible impide la certeza en el cuerpo como punto de partida, aunque es un punto de habla ineludible: “Mi idea de mí no es clara/ Soy como un ojo incapaz de ver su centro/ Siempre abierto hacia la muerte/ Necesitando un ojo que le describa su propia forma// El cuerpo de mi cuerpo no es evidente…” (Camila Varas, 104) Cuerpo superficie y continente propio y ajeno, rastro y lugar no previo y sobrecargado de símbolos y pre-dicciones. Tan grabado como inhabitado y a veces inhabitable: “Así nuestras raíces se presumen secretas/ cuando la piel grita el verdadero vacío…” (Camila Varas, 106)

Los diálogos internos entre las diversas voces que se conciertan en este espacio de rito y tránsito son igualmente abismantes, sólo anotaré aquí y para cerrar esta vuelta en el sagrado círculo, los ecos que se multiplican entre Camila - “Me duele el espacio que va del ser a la palabra/ Ya no me quedan muchas certezas” (108) - y Cecilia - “No quiero entrar en la casa del ser/ abrir la puerta del espejo y dejar ahí irradiando la sombra de la no persona” (165)-. O entre Nelly: “… ves en mis ojos los fantasmas que me habitan/ las voces que me persiguen” (138) y Camila: “No nos habitan las presencias/ Nos respiran las ausencias” (106).

Vientos e imágenes desde el sur, rutas y encuentros en una poesía de territorios compartidos.



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