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"Atávica y abyecta: la voz / cuerpa de Eli Neira", por Carolina Lara Bahamondes

A través de “Hago el amor conmigo misma”, por primera vez es posible reconocer en su amplia dimensión la voz y el cuerpo (de mujer) que Eli Neira ha construido con admirable valentía desde comienzos de los 2000, cuando parecía que estaba abandonando el periodismo para dedicarse a una revolución interior que la volcó de pronto a la poesía y la performance. Quienes la conocíamos por entonces estábamos cuando menos curiosas por saber qué estaba engendrando la compañera, con quien colaborábamos como periodistas de Cultura en el diario El Mercurio, la amiga de tantas conversas y de farras en un Santiago adornado de posdictadura.

Pronto salió Abyecta (2003), un poemario prologado nada menos que por la gran Diamela Eltit, donde no era poesía sino una lengua filosa y procaz la que se instalaba cruzando un imaginario entre lo pornográfico y lo político, riéndose de las fórmulas del canon y de la academia, asimismo del patriarcado y de las instituciones, hablando desde una suerte de soliloquio impulsado por la rabia y –por supuesto– desde un placer por la abyección.

“A nosotras las reinas / a las que todos querían dar por el culo / aunque nos doliera / aunque nos atoráramos gritando que ¡No jetón! / ¡Te digo que no! / ... / Ahora nos dicen perras / ellos / los fornicadores / Y algunos se postulan para huevadas y desde la micro / vemos sus nombres en las paredes de los eriazos”: en “El tiempo no fue generoso con nadie”, va evidenciando dónde están parados quienes fueron tal vez poetas - revolucionarios, desde el habla de sus ex amantes. Mientras que el poema “Abyecta” es la declaración de una suerte de ninfómana: “Me he acostado con tu padre / tu hermano y tu hijo, por no nombrar a tu tío y a todos tus amigos / Con tu abuelo fue imposible y tu madre se salvó por vinagreta…”, para terminar gritando: “Y / es que / además de PUTA / soy LOCA / FLOJA / SUCIA / TONTA / TERCA / BRUTA / IGNORANTE / TACAÑA / SORDA / COJA / Y / MALA”.

El libro que presenta Editorial Amukan en enero del 2021 es una recopilación que incluye algunos de esos primeros versos publicados, hasta llegar a escritos del 2020, el año en que ingresamos definitivamente en este mundo distópico, donde el feminismo es uno de los paradigmas que se levanta con fuerza frente a la crisis total. Junto a la poesía de Eli –porque sí, es poesía la delicia de sus operaciones de lenguaje, el arrojo y su sentido de verdad– hay también imágenes de performances realizadas entre el 2006 y el 2019, que dan cuenta de la cuerpa que se instala en paralelo, siempre desde la marginalidad y en resistencia crítica a las estructuras de poder.

Pienso en la significación de la portada, que nos muestra a esta engañosa mujer de vestido blanco ingresando en lo profundo de un río, rodeada de naturaleza, avanzando en parte sumergida y arrastrando una silla también blanca en medio de las ondas del agua que van quebrando su reflejo, junto al título que se refiere al onanismo, nominado como un acto que implicaría autosatisfacción sexual y amor propio. Pienso en los sentidos que emergen de todo esto, en la pertenencia atávica, de liberación y también de ilusión.

El poemario va ferozmente corrompiendo esa imagen de mujer que por siglos se ha instalado desde la opresión patriarcal, la idea impuesta de erotismo femenino, la objetualización de nuestras cuerpas y el tormento del amor romántico. Eli Neira se conecta con el dolor y la oscuridad que puede habitar en el ser mujer, lejos de los estereotipos, de frente a la violencia, permitiéndose ser la peor. He allí su poder. Es un cuerpo erotizado desde lo ominoso que goza, ríe, insulta y sufre condenando al mismo tiempo al amante que violenta y abandona, a los poetas (hombres), a la institucionalidad del arte y la cultura, a la Patria, apareciendo a ratos una escenografía, la ciudad nocturna, periférica. Casi escucho algún alarido punk (“Woman on fire / Tus pecados lavaré / Yeeeeeeeeehaaaaaaa!!!!!!!”) en algún decadente bar de Santiago, disfrutando la sordidez de la “autoproclamada reina del under”.

Eli Neira dice las cosas como son. Generalmente, se dirige a un receptor presumible o evidentemente hombre, cruzando el imaginario del dominio heteropatriarcal con la crítica política y feminista: “En el mundo que los hombres blancos / han creado la persona rápidamente / deviene cosa (o propiedad) / y la cosa deviene desecho / …. / En el mundo que estos hombres han creado / Nos están matando / A todas nos están matando / Como hace siglos atrás / Nuevamente nos están matando”, revela en “En el mundo de los hombres”. Las imágenes de “Naturaleza muerta” son descarnadas: en un tono paródico, llega al acto de la violación desde el crudo relato en prosa de una situación de extremo sometimiento tan cotidiana como insostenible, donde la figura de ella se mimetiza con la de la mártir.

A través del libro, hay un retrato del horror de la violencia sexual masculina al que se enfrenta el poder de la sexualidad femenina. Aparecen entonces la puta, la sádica, la depravada, la despechada, las referencias a la pornografía, la relación de estos imaginarios con Sade o Pier Paolo Passolini, así como también el autoerotismo. En “Hago el amor conmigo misma”, “Recados amorosos a mí misma” y “Amiga, eres tan hermosa” hay una propuesta tal vez, una salida, donde el acto sexual con la propia cuerpa es un acto político: la autosuficiencia, el amor propio, a mi compañera, a mis hermanas; un espacio de auto placer erótico que sublima al ego en conexión con lo que hay de escondido en lo profundo de tantas capas de disfraz: “y es que debajo de este disfraz hay otro disfraz, / y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz / y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz, y otro disfraz… ”.

Para hablar de violencia, Eli habla con violencia, encontrando en el posporno un registro eminentemente político y activista: “Un cuerpo resignificando su sexualidad es intolerable porque hay poder en ese cuerpo, poder y consciencia recuperado. Y pareciera que al totalitarismo de mercado le es inadmisible cualquier redistribución del poder”, dice en el texto “Algunos apuntes sobre posporno”, publicado en “Hocicona” (2017), libro que reúne su faceta de cronista certera y deslenguada. De eso se trata el posporno, continúa: “de la recuperación de nuestra propia sexualidad y de la representación de la misma”, desde la construcción de otras narrativas, “no heteronormativas ni reproductivas, sino mitológicas, subjetivas, pansexuales, libertarias”.

Junto a las imágenes poéticas del libro, las imágenes de performances aportan un carácter documental y a configurar el lenguaje de Eli Neira también desde el trabajo con el propio cuerpo, que ha realizado individualmente o en conexión con otres performers o con organizaciones, manteniendo redes a nivel local e internacional, especialmente en Latinoamérica. Un poder aflora también en esa presencia muchas veces desnuda o semidesnuda, sólo revestida de ciertos elementos simbólicos: la máscara de lucha libre, la bandera chilena, la cruz, la bolsa de plástico asfixiando la cara, las amarras, el cuero, las medias. Eli nos habla así desde las mujeres oprimidas, desde la nana, la obrera, la campesina, la inmigrante, la condenada a la cárcel, la esposa, la puta, la amante, situándose en un río, en la ruina, en talleres o festivales, o en algún espacio de Santiago o Valparaíso (donde reside), con acciones que son rituales de exorcismo en lo personal, lo colectivo y social.

No está en el libro, pero imborrable me resulta la performance “El enemigo interno” (2012), donde –junto a otras situaciones– terminaba defecando sobre la Constitución Política de Chile de 1980, que justamente hoy buscamos reemplazar tras la revuelta popular y a través de un proceso constituyente. Esa crítica al Estado se traduce igualmente en los poemas “Poderosa Machi Francisca Linconao”, referido a la activista, líder espiritual mapuche y ex prisionera por la Ley Anti-terrorista; y “Peñi hermano: pocos saben lo que tú”, realizado para los presos políticos mapuche en huelga de hambre en septiembre de 2010 en Temuco: “Peñi mi hermano / te estás inmolando para equilibrar las fuerzas en este universo / desigual / Peñi mi hermano / te estás desangrando por gracia divina y lo sabes”.

Frente a la opresión, la furia: la voz / cuerpa de Eli Neira se levanta necesariamente abyecta, hocicona, política y mordaz, estableciendo un relato a través del libro desde la irrupción de una sexualidad femenina obscena, en subversión, hasta llegar a la idea del amor propio como expansión del ego, donde la bondad, la búsqueda del amor de los demás sería una consecuencia de “cierta elevación”, “de cierta luminosidad en el ser”. En “Recados amorosos a mí misma” deja planteada esa propuesta marcada de misticismo y sin lugar a frivolidades: “Una, finalmente, quiere amor, eso es todo, ahí se acabó el arte, la vanguardia, la transvanguardia, las estéticas de la concha de la lora”.


Carolina Lara B.

Periodista y curadora de arte


Revisa su lectura en el evento de lanzamiento del libro en: https://youtu.be/dRmj2Kj2BkE



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