Llanka Piwke, de Adriana Pinda, Pindatray
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Por Alexis Figueroa, poeta.
Esta historia comienza, o más bien no comienza, sino que enraíza en su hacer y sentido muchos, muchos años atrás. Si cierras tus ojos y visitas su cauce, en los amplios parajes de la imaginación, podrás ver una cresta andina, que desde su altura domina un extenso valle, en donde hoy se levanta Santiago. Pero antes, 500 años antes, allá abajo, a lo lejos, no está la ciudad. Acá arriba, en la cumbre, una comitiva de dignatarios, oficiantes, sacerdotes –si esta palabra sirve de algún modo al caso- realizan una ceremonia. Tras unos momentos, vestidos conformes sus dignidades, abandonan la escena. Dejan en un agujero cavado en el suelo helado, un niño de unos ocho años. Es un sacrificio que une lo humano con los avatares de la naturaleza, sellando, un pacto de contiguidad. Junto al Niño fue depositada una ofrenda compuesta de distintos objetos ceremoniales, y una bolsa de lana recubierta con plumas de parina que contenía hojas de coca. Durante 500 años permaneció allí, conjurando el sentido de un cosmos precolombino y vital. Hoy en día, el lugar se encuentra vacío. El niño, se conserva en una cámara de cristal temperado, para preservarlo como reliquia arqueológica. Extraído del eje del cosmos, ahora es objeto que si bien preciado a los ojos de otra cultura, por el mismo traslado desarraiga su carácter vivo, de un puente entre mundos, dejando tan solo una forma admirable, pero quebrada, estanca, muda, sin voz.
Esta historia comienza, o más bien no comienza, sino se enraíza, en también otra fecha, muchos años atrás. Ocurrió durante los catastróficos sismos de 1960, en el sur, con la tierra moviente, tal si una serpiente gigante despertase en las entrañas de la misma tierra, elevando el eco de la memoria ancestral. Para apaciguar el momento se intentó hacer algo. Escribe Pindatray, por voz de su crónica: Yo soy la anciana machi que murió convencida que para un gran mal se necesita un gran remedio.
Entonces, un sacrificio humano se realizó el 5 de junio de 1960 en la localidad de Collileufú, en la costa cercana de Puerto Saavedra, en el Budi. Igualmente, fue un niño; arrojado al mar desde un risco, para procurar que la línea del cosmos no se quebrara. Pero a diferencia de la vez anterior, su cuerpo jamás fue encontrado. Pueda entonces aún cabalgar las ballenas australes, en compañía amorosa del agua y su espíritu, desplegado en las formas de la imaginación.
La novela -Llanka Piwke hunde sus raíces en un tiempo compuesto, en una percepción de lo que llamamos real, diferente a nuestra occidental y típica cronología. Pues se trata de una novela en que espacio, realidad y tiempo, no se rigen por líneas secuenciales, de causas y efectos tal como estamos acostumbrados, y tampoco a nociones de personajes, -aun cuando se mantengan éstos distintos y perfilados- conforme la identidad.
Yo soy la madre acosada por la culpa y la soledad inenarrable, útero acongojado ( ...) y soy también mar hambriento de pago y de preeces, el soplo de Kay kay, Yo soy la Chillpila, la Kaypillán, la Huenuleo, la Rosa, la loca del Budi y la María Chipia, dice su personaje, que similar a Legión es una y muchas, signadas todas para arder en la hoguera de los justos, una y otra vez por la hipocresía y la vanidad de las gentes que se consideran “buenas”...
Este espejo de la multiplicidad sustantiva se extiende a la palabra, al lenguaje, al concepto, al alma misma de esta historia/novela.
Soy aquella mujer que “no debe ser” pero que es. Soy también la lengua champurria del niño ofrendado, la lengua paria, la desgarrada (...) Soy también “la que no se llena” -apokenolu es literalmente el que no se llena, en la intención de saciar, el que come el mundo preso en su ansia desgarrada y sin fondo- el cuchillo de occidente ardiendo, y rajando (...) Soy la locura y la trasgresión. La que nadie quiere decir, la que la noche oculta, la violentación del Az Mapu... Y por algunos instantes, soy también el destello, la codicia de las alas ligeras, el deseo de la pureza, el deseo de lo intocado, el deseo del no tiempo.
En lo anterior, en su estructura de mezcla, de sustancia espuria, contradictoria, tironeada de fuerzas y escisión cultural encarnada, escucho también un eco de casi 2000 años atrás: En 1945, en Nag Hammadi, Egipto, enterrados en vasijas de greda selladas, se encontró un conjunto de 52 documentos fechados en los siglos III-IV de nuestra actual era. Fueron escritos en griego, en latín y especialmente en copto. Se trata de los evangelios coptos. Y en ellos viene el poema “Truena mente perfecta”. Este texto contiene una revelación pronunciada por un poder femenino:
Porque yo soy la primera y la última. Yo soy la honrada y la despreciada. Yo soy la prostituta y la santa. Yo soy la esposa y la virgen. Yo soy la madre y la hija. Yo soy los miembros de mi madre. Yo soy la estéril y muchos son mis hijos. Yo soy aquella cuya boda es grande, y no he tomado esposo. Yo soy la partera y aquella que no da a luz. Yo soy el consuelo de los dolores de parto(https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/8810dcf7-7b96-429d-91e0-671282685bf5/el-trueno-la-mente-perfecta)
Sin embargo, en la novela los personajes no son solo arquetipos y o presencias simbólicas, y menos constructos de la literatura, sino más bien carne y hueso vivos de la multiplicidad. Para mí, la lectura de Llanka Piwke –corazón precioso- en el sentido original del término, menos arraigado en lo bello y más en el sentimiento de la valoración- fue una sorpresa. Por su lenguaje y su historia, por la forma del mismo relato, por la condición especial del mundo operado por quien lo narraba. Además, para mí, en la sorpresa estuvo igualmente, por las notas afines que en mi particular mundo y sensibilidad se me presentaron. Por ejemplo, la idea de la sicodelia, en su correcta acepción de “develación de la mente” y también el concepto de “novela de sanación”. En esto me detengo un momento: una novela de sanación, es una novela que involucra al espíritu, más allá de la literatura y sus mecanismos, atribuyendo a lo escrito y entonces, a la misma palabra, una carácter que trasciende la forma de uso en lo literario, y que busca en el contar, el sanar, como si la materialidad del lenguaje ya dicho, ya escrito, fuese más allá de su propia sustancia simbólica, con carácter de forma corpórea, que pueda zurcir lo que las mismas palabras soportan: distancia, orfandad, linaje, institución.
No recuerdo bien cuando fue que se partió mi alma, era chica, sí, cuando la Kaypillán me contaba sus grandes aventuras en la Federación Araucana, recuerdo sus ojos parecían estrellas en explosi´ñon, luego se apagaba y se iba pa dentro, la Kaypillán iba y venía por muchos mundos que yo no podía ver, pero sentía porque todos tienen witan. (...) ¿Puedo ser aún Rosa Paillafil, colgando de un cerezo en el sol alto de diciembre?
Así, el otro libro que se me vino a la mente al leer Llanka Piwke fue Nova Express. Escrito en los 60, por Williams Burrohugs, un autor clásico de beat estadounidense: uno podría ver casi como un sacrilegio relacionar su discurso con esta novela, pues argumental y vivencialmente hay abismos que los diferencian. Pero igualmente -testimonio de mí mismo- en ambos libros, el lenguaje, que se expresa en palabras, es concebido como esencialmente un ente real por sí mismo; que más allá de sus significantes, tiene vida propia, una vida cruzada por la lucha interna y la multiplicidad. El lenguaje es poderoso, mas no el poder. Y dice una historia cósmica –en el sentido original, como designio de la totalidad de lo existente, en estructura y orden y esencialmente, habitado por un tiempo próximo a los ciclos de la naturaleza- en que se desguaza el principio de la identidad. Son muchas las ideas, las reflexiones, las sorpresas y maravillas que la novela de Adriana Pinda me han motivado. Y que seguramente maravillarán al lector.
Asimismo, la veo como una novela expresada en el espacio del entre, pues entre los sacrificios vive el cuerpo enlazado a la tierra, pues el mismo es disputado entre la tierra y el mar, y pues entre las lenguas habita el champurria tironeado por un deseo del alma que en sí mismo es incógnita.
Porque soy una machi champurria, a mala honra, sólo mapuche de madre, lo que ya me hace "ambigua"; y más aún, poeta y profesora, "machi escueliá" como dicen las papay, una anomalía, algo raro e indefinido. A pesar de mí misma, debo decir, porque si no "me atoro" y finalmente lo único que tengo, lo único que soy, y el único tuwün y küpan posible para los seres como yo, es la palabra. Soy la machi Pinda "Pichun" y mi boca, la pichana del colibrí, es mi pluma destellante, mi única herencia y mi don.
Chapurrria misma es un espacio del entre, un lugar de un flujo intercultural y simbólico en constante tensión. Diríamos: la filosofía del Ser es la del sujeto, y la filosofía del Entre es la filosofía de la relación. Entonces, si viese un paisaje con la forma de esta novela, vería un valle extendido entre grandes montañas, en donde su discurso, como un depósito aluvial de estratos volcánicos, conecta las cumbres, extendiendo terrenos e historias.
Son muchas las fuentes de interés y entusiasmo que en esta novela se me revelaron, por el hermoso arte de su digna autora. Asimismo, sé que este es el primer retazo que inicia un diseño mayor. Me detengo en las posibilidades de su maravilla, de esta escritura compuesta de archivos, testimonios, cartas, confesiones, espacios y tiempos, ficciones y crónica, junto al ülkantun que conduce al Piwke.




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